Por Andrés Cárdenas / GranadaHoy

El Camino de Santiago es un bonito libro que se lee andando. No sé si esta frase es mía o la he copiado de alguien. Lo cierto es que rondaba en mi cabeza el día en que decidí volver a hacer el Camino. He puesto la frase en el Google y no he encontrado a nadie que lo dijera. Así que puede quedar como mía.

Sarria es sin duda la localidad donde más peregrinos comienzan el Camino. Está a 111 kilómetros de Santiago. El mínimo para obtener la Compostela son 100 kilómetros andando o a caballo. Antes también se podía hacer en burro pero ya no hay apenas burros de cuatro patas.

Lo primero que hacemos es buscar el albergue municipal. Hay otros albergues privados pero Antonio Luis dice que hay que intentar hacer la peregrinación jacobea lo más genuinamente posible. Además, quien duerme en albergue público va más directo al Cielo.

La economía de la localidad, como todas los de la ruta, está orientada al Camino. Hay multitud de bares, restaurantes y albergues privados dedicados a la atención del peregrino. Muchos lugareños han visto negocio y han convertido sus amplias casas en albergues con camas y literas.

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El albergue municipal de Sarria es amplio y luminoso. Además de barato: seis euros. ¿Quién no pasa la noche en una cama extraña por seis euros?

La chica que lo atiende, una esteta, nos apunta en un registro y nos da una sábana y una funda de almohada de usar y tirar. A mí me toca en una litera de arriba y comento a mis amigos que desde los años en el que estudiaba en el Colegio San Felipe de Neri de Baeza no dormía en una litera.

-Y yo desde la mili -comenta Antonio.

Hay un ligero olor que la pituitaria de cada uno intenta definir. Hay varias opciones: a) humedad, b) humanidad y c) zotal. Gana ‘humanidad’ por tres a dos.

El primer reto que se impone el peregrino que quiere estar en contacto con los familiares y amigos que ha dejado en casa es conseguir un enchufe donde cargar le móvil. Ricardo III hubiera gritado: ‘¡Mi reino por un enchufe!’. Todos están ocupados. Al fin encontramos uno libre y decidimos turnarnos. Faltaría más.

Después salimos a dar una vuelta por las orillas del río Sarria. A estas alturas de la tarde el sol se deja untar apaciblemente en las fachadas de las casas. Su luz es líquida y trata de agarrarse a los tejados y derramarse por los edificios. El río Sarria, que es un afluente del Neira y este a su vez del Miño, da nombre a un ayuntamiento, a una comarca, a un condado, a una jurisdicción, a un marquesado, a dos monasterios, a un partido judicial, a una villa y a varias parroquias.

El verde intenso y la transparencia de las aguas siempre se han llevado bien y aquí en Sarria se conjugan de maravilla. Hay dos edificios que merecen saber algo de ellos.

Uno es la Iglesia de Santa María, una pequeña construcción románica del XIII con planta de cruz latina que tiene una torre rematada con un reloj. El otro edificio es el convento de La Magdalena. Fue en el siglo XII un hospital para los peregrinos y hoy es un albergue. En él se superponen los estilos arquitectónicos como si fueran literas que albergan los siglos.

Nos damos una vuelta por el pueblo. En Sarria los vecinos aprovechan los patios para diseñar sus pequeños huertos en los que la reina es la berza. También se pueden ver muchos conejos y gallinas en los corrales. Por la calle se ven dos tipos de personas perfectamente diferenciadas: los que viven allí y los que están de paso, que ganan por goleada.

A eso de las nueve el sol desaparece completamente y nosotros buscamos una taberna para cenar algo. No mucho porque el cocido maragato todavía está dando vueltas por el estómago. Se impone el almax o el secrepat, que tienen su sitio reservado en mi mochila.

En los albergues municipales el toque de queda es a las diez de la noche y nosotros somos obedientes. A las diez, en la cama estés. Afuera un grupo de gente está cantando. Adentro, los pies también.

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Dispuestos a la primera caminata

A las seis de la mañana estamos en pie y dispuestos a una caminata de 22 kilómetros que hay hasta Portomarín. Durante el desayuno se impone el anecdotario de la noche. Antonio Luis dice que ha dormido como un lirón. José Manuel no tanto. Yo cuento que he pasado varias horas en vela.

Antonio dice que dos chicas que había al lado de la litera de Manolo salieron a las tres de la madrugada.

-Eso es que no podían dormir por los ronquidos de Manolo. Pobrecillas.

El apunte sirve para las primeras risas de la mañana. La cafetería está en la Rúa Maior, flanqueada por tabernas, bares, albergues y hospederías. A esa hora ya hay alguna gente en el Camino. Lo que resulta curioso es que en la boca de todos hay un saludo ineludible que la gran mayoría de los peregrinos practican:

-¡Buen Camino!

Antonio Luis dice que a eso se le llaman el espíritu del Camino. Todos nos deseamos lo mejor y que se acaben nuestras preocupaciones.

-Ahora que me acuerdo, creo que ayer me dejé el horno de la fábrica encendido. Voy a llamar -dice Manolo.

-Pero si a estas horas estará todo el mundo durmiendo.

-Pues que se despierten. No quiero comenzar el Camino con preocupaciones.

Se impone una buena tostada y un buen café para iniciar la ruta. Mientras degustamos tan necesario condumio, Antonio Luis nos cuenta que Compostela significa Campo de Estrellas. Y que si queremos saber más él tiene una guía que nos explica cómo surgió el origen del Camino de Santiago. Coge la guía y lee:

-Para saber el origen del Camino de Santiago hay que remontarse al año 813, cuando un pastor, de nombre Pelayo, como el mítico rey de los astures, deambulaba por los bosques cercanos al monte Libradón. Era noche cerrada cuando vio un campo de estrellas señalando un lugar entre los bosques. Las estrellas se precipitaban del cielo a la tierra en cascada, como si pretendieran indicarle que algo ocurría en aquel lugar. Sin osar acercarse a descubrirlo, corrió a Iria Flavia, la actual Padrón, para informar al obispo Teodomiro, que acudió a visitar el misterioso lugar. Al llegar al lugar que marcaban las estrellas, encontró un arca de piedra con unos restos humanos en su interior… ¡No os durmáis, joder!

-No nos estamos durmiendo, es que yo cierro los ojos cuando quiero enterarme mejor -respondo.

–Bueno pues sigo… Por una revelación divina, supo inmediatamente que aquellos eran los restos del apóstol Santiago y así lo declaró. El rey astur Alfonso II el Casto fue informado y mandó construir una sencilla iglesia de ladrillo para proteger el enterramiento. A ese templo siguieron muchos otros, cada vez mayores y más elaborados, hasta llegar a ser la catedral magnífica que conocemos hoy.

Antonio Castillo señala que las leyendas están en el origen de muchas tradiciones y lo que sería interesante sería averiguar cómo llegaron los restos del apóstol allí, teniendo en cuenta de que Santiago el Mayor murió decapitado en Jerusalén en el año 42 por orden de Herodes Agripa.

Miramos Internet a través del móvil y encontramos una respuesta: según la tradición, sus discípulos robaron su cuerpo y lo trasladaron en un viaje marítimo de siete días de duración hasta la desembocadura del río Ulla, la actual ría de Arousa.

Santiago había predicado en la península Ibérica y la tradición obligaba a que cada apóstol fuera enterrado en las tierras donde había predicado en vida. La reina local, Lupa, fue convencida mediante varios hechos milagrosos de que aquel era el cuerpo sin vida de Santiago, por lo que accedió a darle sepultura en el lugar donde siete siglos después lo descubrió Pelayo.

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262.525 Peregrinos

Tras el descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago en la actual Compostela a principios del siglo IX, el lugar se transforma en destino de peregrinación para millones de europeos durante la Edad Media. La marea de peregrinos era tal, que algunos años superaban en número a la población de las principales ciudades del Camino.

Luego vinieron siglos de declive. El Camino se seguía haciendo pero eran pocos los que llegaban a Santiago. Fue a partir de los años cuarenta del siglo pasado cuando resurge el interés por la ruta jacobea, gracias al empeño de anónimos amantes del mismo, un nuevo interés de las administraciones, las visitas del Papa a Santiago en los años ochenta, el desarrollo de múltiples asociaciones y cofradías y la declaración de Patrimonio de la Humanidad.

-¿Sabéis cuántos peregrinos vinieron el año pasado?

-Ni idea.

-Exactamente 262.525. Esos son los que pasaron por la Oficina del Peregrino en Santiago. Porque otros ni siquiera pasan y no son contabilizados.

-Bueno, ya está bien de charla. Hay que comenzar a andar porque si no nos dan aquí las uvas -señala Manolo.

Nada más iniciarse el trayecto hay una cuesta que a los iniciados hace pensar que no todo será comer, beber y reír. Que aquello requiere un esfuerzo. Yo me siento bien. Verme andando en plena naturaleza es una de esas escenas que consiguen que mi vida me guste todavía.

 

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