Peregrino en el Camino de Santiago

Peregrino en el Camino de Santiago

Creo que fue en la película Matrix, pero no me acuerdo bien. Un hombre decide viajar a Marte y el vendedor de la agencia le dice algo así que por muy lejos que viaje, siempre habrá algo que es lo mismo. Las palabras exactas son:

-Usted, por muy lejos que viaje, siempre viaja usted. Lo que necesita son unas buenas vacaciones de sí mismo.

Pues bien, he comprobado que es en el Camino de Santiago cuando logro descansar de mí mismo ya que tengo la sensación de que no soy yo el que va andando, sino que es la persona que me gustaría ser. Los trayectos en que estoy horas enteras sin hablar con nadie y reflexionando sobre cualquier asunto personal desde la perspectiva que me ofrece la naturaleza y el propio ejercicio físico, me convierten en un ser que está de vacaciones de sí mismo y, por supuesto, me convierte en mejor persona.

Si en la ciudad en la que te despiertas todos los días eres capaz de no saludar al vecino o de desearle que se estrelle a un motorista que pasa por tu lado retorciendo el acelerador de su moto, en el Camino tu ánimo se levanta con la predisposición de desearle «buen camino» a todos los peregrinos, de ayudar a todo aquel que lo necesite y de besar a una vaca que esté tendida en el prado, si hace falta.

Tal vez en eso consista en ese tan renombrado ‘espíritu del Camino‘.

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Dice la experiencia que allí no importa si te pierdes, siempre habrá alguien que te oriente; no importa si te haces daño, siempre habrá alguien que te ayude; no importa si no sabes, estás en el lugar ideal para aprender. Y eso es verdad, pero no a tiempo completo porque en el Camino también te puedes encontrar al insolidario que no está dispuesto a compartir un trago de agua o al desalmado que de madrugada empieza a dar voces en un albergue donde se supone que todos están descansado. O de alguien que se lleva unas botas que no son las suyas. De todo hay en la viña del Señor, aunque afortunadamente son los menos.

Por unas horas me aparto del grupo. Un malentendido que acabó en discusión con visos de reparación inmediata, hizo que deseara dar solo una vuelta por Santiago. Mis compañeros de Camino fueron a conseguir la Compostela a la Oficina del Peregrino y yo preferí retrasar esa circunstancia, pensando que cuanto más tarde fuera las colas serían menos copiosas.

Andurreo por las calles de la ‘camelia blanca que brilla bajo el sol’, que dice García Lorca que es Santiago, hasta que son casi las nueve. Llego a la Oficina del Peregrino cuando está a punto de cerrar y no hay cola que guardar. Me atiende un chico con pinta de seminarista que me pregunta por qué razones he hecho el trayecto: religiosas, deportivas, espirituales…

No sé qué responder. Al final digo que de todo un poco.

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-Hay que señalar un motivo -me dice el chico.

-Pues ponga por motivos espirituales. Tal vez porque quería encontrarme a mí mismo

-¿Y se ha encontrado? -me pregunta con cierta ironía el joven.

-Qué va.

-Pues tendrá que volver.

-Claro. Yo creo que por eso no he querido encontrarme -digo a medias de unas risas.

Luego iniciamos una pequeña conversación en la que destaco mi interés por saber cuántos granadinos hacen el Camino cada año.

-¡Uf! Eso es difícil de saber. Tenga en cuenta que aquí contabilizamos los que vienen a por la Compostela, pero hay muchos que no la quieren o que ya la tienen. Lo que sí es cierto es que se ha pasado de ver el Camino como un medio para encontrarse con el Santo a ser un fin para disfrutar de la experiencia que esta significa.

Andamiaje en la catedral

Conseguida mi Compostela me reúno con el grupo en la plaza del Obradoiro. Hay que hacer la foto de rigor frente a la magnífica fachada de la catedral, aunque el andamiaje que cubre una buena parte del paño afee la perspectiva. Las obras de restauración hacen imposible entrar por el pórtico de la Gloria, ver el impresionante tímpano y las arquivoltas con los ancianos músicos del Apocalipsis y el magnífico parteluz donde, sedente, se muestra la figura del Apóstol. Tampoco es posible hendir los dedos en la parte inferior del parteluz y de dar el consabido cabezazo a la piedra. Eso quedará tal vez para la siguiente ocasión, cuando no haya andamiaje de por medio.

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Desistimos de formar parte de la enorme cola que hay para abrazar al santo y ver la arqueta de plata donde, según se dice, están las reliquias de Santiago. Pero no desistimos de darnos una vuelta por la catedral. Entramos a través de la Puerta Meridional, conocida como de Platerías, porque en la Plaza del mismo nombre se disponían los orfebres y joyeros a fabricar y vender la mercancía a los peregrinos. Eso leemos en un panel. Cuando entramos hay un bullicio importante. Todos quieren dejar constancia en su móvil que han conseguido llegar a Santiago. Alguien sisea constantemente para reducir al mínimo murmullo la algarabía de los peregrinos, pero es tarea difícil porque todos quieren comentar algo que les atrae del sagrado templo.

Manolo comenta que le gustaría estar en la catedral un día en que funcionara el botafumeiro y Antonio Luis nos ilustra sobre la función del mismo.

-Imaginaos un tiempo en el que no existían las duchas y en que la higiene era algo secundario. Ahora imaginaos una gran iglesia llena a rebosar de miles de peregrinos llegados desde todos los rincones de Europa. Peregrinos sin duchar, claro, y sin cambiarse de ropa desde meses atrás. Cuando alguien entraba en la catedral la bofetada de mal olor que recibía era tremenda. Cuentan que fue el rey el francés Luis XI quien regaló el botafumeiro en 1554 a la diócesis compostelana tras sentirse asfixiado por los hedores del interior del templo, en el que para colmo de males solían dormir los propios peregrinos. El incienso que lanzaba el botafumeiro hacía soportar ese mal olor.

-Ahora que lo dices, llevo tres días sin ducharme -dice Manolo.

Afuera la ciudad es un murmullo creciente. Las calles que dan a la plaza son un hervidero de personas que van y vienen en un aparente desorden, aunque todas buscando su apaño.

-¿Y si buscamos una taberna para brindar por haber conseguido terminar el Camino? -propone alguien que bien puedo ser yo.

Santa proposición.

-¡Venga!, decimos todos a una.

Brindis final

La algarabía de calles y personas no impide que Antonio Castillo se encuentre con un amigo. Encontrarse de pronto en Santiago con alguien que ha compartido momentos contigo en alguna etapa de la vida requiere el abrazo largo y prolongado que impone la alegría.

El amigo de Antonio se llama José Miguel Fernández Portal y viene con sus padres de hacer el Camino, pero el portugués. Nos dicen que ha estado bien, pero que han andado muchos kilómetros por las cunetas de las carreteras y eso no es demasiado agradable.

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José Miguel nos cuenta que estuvo años atrás trabajando en Santiago en el Instituto Geológico Minero de España en Galicia. Y que tiene muy buenos recuerdos de aquellos años pasados en la ciudad del Apóstol.

Los padres de José Miguel viven en Bubión y están encantados de estar en Santiago con su hijo. Antonio nos dice de José Miguel que es un enamorado de Sierra Nevada y un estupendo fotógrafo.

-Muchos de mis libros están ilustrados con sus magníficas fotografías -nos dice, provocando un atisbo de pudor en el mentado.

Le comentamos a José Miguel que habíamos decidido ir a brindar a alguna tasca típica gallega por el logro de haber realizado el Camino.

-¿No conocéis el 46?

Su pregunta nos abre las ganas de conocer la tasca en cuestión.

-Pues tenéis que conocerla. Tiene todavía el regusto de lo antiguo y sus tapas son muy caseras -informa José Miguel.

–¿Y está muy lejos?

-¿Qué va? Muy cerca de aquí. En la calle Franco. Si queréis os acompañamos -dice José Miguel.

-Faltaría más. Donde comen cinco comen ocho -dice Manolo.

La tasca es estrecha y tiene varias mesas apegadas a la pared. Su apariencia modesta y su lograda limpieza nos hacen pensar que algo de aquello es lo que andábamos buscando. Un buen sitio para la bebida y la charla.

-El ribeiro de aquí es buenísimo -nos dice José Miguel.

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Las conversaciones fluctúan entre el apasionado comentario a las viandas (sobre todo la oreja, que está exquisita) que nos sirve el camarero y las comparaciones con otras comidas en el Camino, todo ello en una camaradería que impone una algarabía matizada por la jocosidad etílica.

El padre de José Miguel dice que un día tenemos que ir a Bubión a visitarlo, que nos invita a su casa a comer jamón. Por supuesto todos le decimos que sí. Las raciones y las jarras de ribeiro se suceden con la rapidez que impone nuestro apetito y las ganas de pasarlo bien. Y así va transcurriendo la noche. Los ochos sabemos que vamos a echar de menos toda aquella liturgia gastronómica cuando regresemos a casa y se imponga la monotonía en nuestras vidas.

-¡Por el Camino! -dice Antonio Luis cuando levanta su cuenco de ribeiro por enésima vez.

-¡Por el Camino! -repetimos al unísono.

Y a todos se nos pone la cara de esas emanaciones pecaminosas que deciden la caída de los virtuosos en las estampas del santoral.

Leído en Granada Hoy