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Cómo te cambia el Camino de Santiago

Un peregrino en la Plaza del Obradoiro ante la Catedral de Santiago :: Albergues del Camino de Santiago
Un peregrino en la Plaza del Obradoiro ante la Catedral de Santiago

El Camino comienza a recuperar peregrinos tras un año en blanco por la pandemia
«Si al Camino de Santiago le quitas ese toque de espiritualidad, histórico, cultural… no tiene sentido», relata un peregrino

El Camino de Santiago se quedó desierto en 2020, en lo más crudo de la pandemia. Este año es Jacobeo, el virus no se ha ido y el trasiego sigue lejos de lo normal, pero vuelve a haber peregrinos, los suficientes para plantearles la pregunta que motiva este reportaje: ¿qué diantres están haciendo? En un mundo digital donde todo está a la distancia de un clic, ¿qué les lleva a recorrer a pie cientos de kilómetros, conocer ampollas y tendinitis, para llegar a un lugar perfectamente conectado por modos de locomoción modernos?

«Porque tengo una mala racha, para encontrarme a mí mismo. Me he quedado sin trabajo, tenía tiempecillo, y me he venido aquí para hacerlo entero», dice Pablo, un joven de Benalmádena que descansa en chanclas tras hacer la primera etapa del llamado Camino Francés: Saint Jean Pied de Port-Roncesvalles. No hay muchos ‘Pablos’ este año. En el Albergue de la Colegiata navarra sólo están disponibles la mitad de las camas para prevenir que la covid se apunte a la aventura; aún así, a mediados de julio, no se llena. Algo inaudito en un verano Jacobeo. «Es mucho menos que un año normal», se esfuerza en castellano la voluntaria neerlandesa que recibe al peregrino.

Roncesvalles es la primera etapa o la que sea. Porque el Camino, históricamente, se empezaba en la puerta de casa. Son las convenciones modernas las que han fijado y señalizado ciertas rutas. Jean Marc tiene unos cuarenta años, rostro cansado, pantorrillas sudorosas y ya lleva un mes en el Camino cuando me lo cruzo en el precioso bosque navarro de Sorginaritzaga (Robledal de las Brujas). El tipo ha caminado 600 kilómetros, desde Le-Puy-en-Velay, en Francia, y le quedan otros 800 arrastrando los pies. «Voy hasta Finisterre, si el cuerpo aguanta», concede. Este reportero irá encontrando personajes similares a lo largo de su ruta, de Roncesvalles hasta la plaza del Obradoiro. Pero el periodista hace el sacrificio por encargo de su jefe y con trampa, alternando tramos a pie con saltos en bus. Así que la respuesta a la pregunta original —¿por qué diablos?— tiene que buscarla en los otros.

Antoine, también francés, pero en bicicleta, aporta una de lo más original: «No sé porqué estoy en el Camino. No lo sé. Salí con mi bicicleta de Tolouse. Para hacer un periplo que no tenía nada que ver con Compostela. Pero sin darme cuenta, me iba encontrando siempre en la ruta«, dice el peregrino accidental ya a la altura de La Rioja, en el albergue de Santo Domingo de la Calzada«Es el azar o es posible que me hayan puesto en el Camino», deja caer antes de revelarme que hace unos meses tuvo una visión ‘crística’ y desde entonces le pasan cosas. No repara en que el reportero con que comparte habitación quizá no distinga entre misticismo y trastorno mental. El relato de Antoine se sale de lo común incluso para el estándar del Camino. La mayoría de los peregrinos no ven visiones, peregrinan por fe, meditación, turismo, deporte… Pero casi todos comparten algo con el ciclista iluminado: son simpáticos y tienden a contar cosas íntimas a quienes eran perfectos desconocidos hasta hace un minuto. ¿Por qué?

Shaggy es alemana y tiene unos 45 años, avanza canturreando bajo el sol indiferente de un mediodía castellano en medio exactamente de ninguna parte. Canta y baila cuando el riego automático de una plantación de maíz la pone chorreando: «Water, water», celebra ante mí, el perfecto desconocido. Natural de Hamburgo, ha hecho trece veces el Camino. Mayte y Manuel, asturianos, ya van por diez: «La libertad que te da, vivir sin tiempo, sin mirar el reloj, comiendo cuando tienes hambre, durmiendo cuando tienes sueño… Engancha, el Camino engancha«, dice ella. Óscar, gallego afincado en Canarias, también tiene su opinión: «Campos de trigo, el viento meciendo la cebada o el trigo, y contemplarlo y dejar que fluyan los pensamientos que no puedes tener a diario». «Todo eso, doliéndote hasta las pestañas», tercia su hermana Marta.

Calma y fraternidad instantánea

El Camino engancha porque propicia momentos de meditación —de espiritualidad, si se tiene fe—, en un ambiente de camaradería que te hace entablar amistades para toda la vida —aunque muchas no sobrevivan al final del verano—. El secreto del Camino es que no se parece a la vida real, aunque, para Ovidio Campo, la vida real es ésta. «El peregrino está natural, aquí es como, no como en la vida normal», explica. Y convence, porque esa es la sensación también de este reportero cuando ya ha superado la mitad de la ruta, incluso a su modo fraudulento. El buen rollo caminante es innegable. Así que en este punto, hay que buscarse una pregunta más afilada: ¿qué diferencia el Camino de Santiago de un chiringuito en Ibiza? ¿O de una ruta senderista cualquiera? A Ovidio lo encontramos a dos kilómetros de Castrojeriz, en Burgos. Y este no es un sitio cualquiera: durante siglos se erguía allí el Monasterio de San Antón, un hospital especializado en atender a peregrinos aquejados del terrible ergotismo, ‘fuego de San Antonio’ en la expresiva terminología médica medieval. El lugar decayó a medida que mejoraba la seguridad alimentaria y se eliminaba el hongo que provoca la enfermedad y, sobre todo, a medida que decaía el propio Camino.

Y es que peregrinar no siempre ha estado de moda. Hasta hace 20 años el imponente hospital medieval almacenaba chatarra. Ovidio lo ha rescatado al borde de la desaparición, cuando apenas seguían en pie parte de la iglesia y el arco apuntado que acogía a los menesterosos. En esas ruínas góticas, Ovidio ha levantado un nuevo albergue: cama y cómida a cambio de la voluntad. Un lugar que destila concentrada la historia oscilante pero siempre a flote del Camino. «Aquí no hay wifi, electricidad, ni agua caliente, pero un peregrino que viene desde Le Puy, sin apenas dinero, ha dormido hoy al raso y al levantarse me ha dicho: ‘es la mejor noche que he pasado desde que salí'», relata. Ovidio acoge a una decena de caminantes y a una visita ilustrada: el historiador italiano Paolo Caucci von Saucken. Los neoperegrinos, me explica, se echan a andar, mayormente, porque es una forma original de turismo. Pero una vez en la senda descubren que están caminando sobre la Historia: «Hay una tradición profunda, europea, que está en la pintura, en los libros. Dante hablaba del Camino de Santiago«, recuerda Caucci. «En el siglo XVIII era un camino de mendicantes, pro fame, gente con hambre que iba pidiendo de convento en convento. Después (la gente ha vuelto) por modas, motivadas por grandes escritores que han escrito libros sobre el asunto. Pero fundamentalmente sigue siendo un camino espiritual: estoy convencido de ello. Los peregrinos tienen una experiencia emotiva muy fuerte. Y la emoción, abre el espíritu«, resume.

El profesor Caucci tuvo su revelación particular en 1968, cuando fue enviado como lector de italiano a la Universidad de Santiago de Compostela. Hizo el Camino entonces, cuando no lo hacía casi nadie. Algo pasó. Medio siglo después, Paolo tiene casa en Castrojeriz, lidera la Confraternitá di San Jacoppo di Compostella, en Peruggia, ha rehabilitado otro viejo hospital de peregrinos —San Nicolás de Fitero— y es, a sus 80 años, uno de los mayores eruditos de la cosa compostelana que hay en el mundo. «Si al Camino de Santiago le quitas ese toque de espiritualidad, ese toque histórico, ese toque cultural, no tiene sentido. Para eso coges la carretera nacional y te pones a andar», zanja el hospitalero Ovidio, antes de invitarnos a vino en uno de esos vasos de barro de cuajada de supermercado.

El camino devuelve al mundo su encantamiento

En la rúa Maior de Sarria todo son albergues y restaurantes dedicados a obtener beneficio. El peregrino medio ya no es ‘pro fame’ ni iluminado, viene a pasarlo bien y a gastar y se nota más lo que el Camino tiene de negocio: hay mucho más tráfico que en Castilla y León, La Rioja y Navarra juntas. Aunque todavía está a medio gas: «Un 30 por ciento frente a un año normal», me dice el dueño de un bar con una sola mesa ocupada a la hora del desayuno. En esta localidad lucense empieza la ruta más corta —100 kilómetros a pie— que da derecho a la Compostela, el diploma que acredita la hazaña jacobea. A primera vista se distingue a los pocos peregrinos veteranos—ropa sucia y cojera de ampollas e inflamaciones articulares— del peregrino mayoritario: personas que se han echado a andar esa misma mañana, con el paso vivo, la ropa impoluta y la sonrisa fácil del primer día de vacaciones.

El aroma a parque temático jacobeo se desvanece en cuanto se entra al bosque gallego, bajo la niebla densa de la mañana, con el eco de los pasos rebotando en los muretes de piedra que separan pastos y parcelas en Galicia. O en la curva donde un viejísimo castaño cobija las cenizas de antiguos peregrinos, según cuentan Gabriel y Ana, sus custodios, dos caminantes con muchos tumbos, dedicados desde hace nueve años al modesto negocio de intercambiar fruta por donativos. El encanto reaparece y te deja definitivamente tocado en el tramo que el reportero comparte con Mary Helene, estadounidense de 70 años, que lleva un mes caminando y viene de más lejos que nadie. «Perdí a mi hija en febrero. Fue muy dramático. Había oido hablar del Camino desde hacía tiempo y pensé que era el momento. Vine buscando cómo aceptar, como perdonar, reconciliarme con la vida y he encontrado verdades básicas sobre lo humano, sobre su historia».

La senda es cuesta abajo, pero el desconocido que la acompaña se queda sin aliento. «Cuando empiezas tan lejos, en Roncesvalles, te dices: ¿cómo voy a hacerlo? Ahora, creo que lo más duro va a ser cuando llegue a Santiago, porque querrá decir que tienes que volver a tu vida. El Camino es una metáfora de la vida, está lleno de distracciones, tienes que concentrarte en donde pones los pies, pero la belleza está en su simplicidad. No es fácil pero te devuelve mucho más de lo que le das». No hay más preguntas, señoría.

Monte do Gozo. Ya se ve el Obradoiro. El peregrino reportero, a pesar de sus trampas, llega con sobrecarga en las piernas, pero extrañamente satisfecho. Predispuesto a creer en la existencia de la providencia cuando se cruza —¿por azar?— con el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo. «Qué alegría. Hay que hacer el Camino, tú lo sabes mejor que nadie que has hecho el más largo», le regala el presidente, que no sabe que parte del mérito es de la red de autobuses interurbanos. «Bienvenido a Santiago, te lo agradecemos mucho».

La entrada a Santiago atraviesa después una autopista. En el Obradoiro, el bullicio de los turistas ahoga un poco la emoción del caminante. Catedral, botafumeiro, visita al apóstol —sin abrazo, para no romper la distancia de seguridad pandémica— y restaurado Pórtico de la Gloria —¡oh!—. Todo eso es magnífico. Pero ya no es el Camino. Es la vuelta a la vida real. O a la ficticia, si somos tan sabios como el hospitalero Ovidio. El reportero no es el primero en acordarse del célebre el poema de Kavafis sobre Ítaca, ese que recuerda que lo importante de verdad no es la meta sino el camino. Y que de esa forma uno aprende el significado de los Santiagos de Compostela.

Leído en RTVE

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