La Cruz de Ferro y Manjarín, dos puntos emblemáticos en el Camino de Santiago

La 'Cruz de Ferro', León :: Guía del Camino de Santiago
La ‘Cruz de Ferro’, León

Magdalena del Amo / Periodista Digital

Tienen razón quienes aconsejan empezar la etapa en Rabanal, como señala el Códice Calixtino, y no en Astorga. El motivo es la conveniencia de estar descansados para la subida a la cima del monte Irago, que se encuentra a una distancia de ocho kilómetros de donde habíamos pasado la noche.

Ascendimos por la calzada de tierra y piedras, flanqueada por matas de brezo. El colorido de sus flores en primavera es un deleite para los peregrinos. No es de extrañar que la miel de esa zona tenga fama de ser exquisita.

Dejamos atrás Foncebadón, el último pueblo de La Maragatería, que lleva en sus ruinas la marca indeleble del paso del tiempo. Lejos quedaban aquellos días del siglo X cuando el obispo Gaucelmo fundó un albergue y un hospital de peregrinos; hasta un concilio se celebró en ese humilde lugar. Nadie lo diría viendo sus edificaciones convertidas casi en montones de piedras.

Hicimos una parada en el local de Jesús, un hombre amante del Camino, que nos habló de puntos energéticos, como el de su mesón, que jalona con una oca de mosaicos.

—¡La famosa Cruz de Ferro! —exclamó Enrique—. Esto anuncia que ya estamos cerca de Galicia. Ferro es hierro en la lengua de la Gallaecia.

—Me encanta este lugar —dijo Virginia mientras llenaba de aire los pulmones—. Tiene un encanto especial. Yo me quedaría aquí en el saco de dormir.

—Estamos a mil quinientos metros de altitud —dijo Sergio—. Los que padecen del corazón deben notarlo al respirar.

Nos encontrábamos en la cumbre del monte Irago, donde se ubica uno de los monumentos más emblemáticos del Camino: un mástil de madera de unos cinco metros de alto, rematado por una cruz de hierro, réplica de la original que se aloja en el Museo de los Caminos de Astorga. Cuanto más altos, más próximos al cielo; por eso los antiguos sacralizaban los montes, y donde no había hacían pirámides para estar más cerca de la Divinidad.

El origen de la Cruz de Ferro cumple con el patrón de todos los lugares con significación trascendente. Los antiguos pobladores hacían milladoiros o humilladeros, montones de guijarros para invocar a los númenes protectores de los caminos, ante los cuales se arrodillaban los que transitaban por esas sendas para pedirles protección. Se cree que los romanos tenían en ese lugar un altar dedicado a Mercurio, protector de los caminantes. Según la tradición, el obispo Gaucelmo colocó la cruz allá por el año mil y el lugar quedó cristianizado para siempre. El monumento aparece citado en una obra del siglo XVII del padre Martín Sarmiento.

Ningún peregrino pasa de largo por ese lugar. Creyentes, agnósticos, esotéricos o espiritualistas, todos tiran su piedra para cumplir con el ritual. Antiguamente se dejaban lajas al lado del monumento. Después los segadores gallegos que iban a la siega a Castilla, tiraban una piedra para indicar que habían pasado el puerto. Para cumplir con el ritual de manera estricta, cada peregrino debe llevar la piedra desde su lugar de origen y lanzarla de espaldas a la Cruz. Nosotros hicimos lo mismo. Yo llevaba una pequeña piedra que había cogido en la sierra de El Escorial, un lugar onfálico elegido por los ocultistas de la corte de Felipe II para construir el monasterio, tras la victoria de San Quintín. Con este acto se pide protección para el viaje, y dice la leyenda que el día del Juicio Final las piedras cantarán y serán testigos de los que ganaron la indulgencia. Algunos investigadores interpretan que la entrega de la piedra es un acto simbólico, una reminiscencia del óbolo que se pagaba a los dioses en la Antigüedad para propiciarse un buen viaje en un tramo no exento de peligros. Los peregrinos suelen colocar en el poste todo tipo de objetos a manera de exvotos.

Junto a la Cruz hay una capilla de construcción moderna dedicada al Apóstol, propiedad del Centro Gallego de Ponferrada que se encarga de organizar cada año la fiesta de Santiago a la que acuden miles de romeros.

A nuestro oeste, el monte Teleno esperaba paciente, como cada tarde, el regreso del sol. La cumbre lleva el nombre que daban los astures al dios celta Teutates. Los romanos, que practicaron el sincretismo en los cuatro puntos del Imperio, lo transformaron en un dios mixto bajo la advocación de Mars-Tilenus.

En tiempos remotos, el Teleno era para los habitantes de la comarca el observatorio a través del cual veían el paso de las estaciones, que iba señalando el crepúsculo siguiendo el avance de la eclíptica.

Pero algo especial tenían esas tierras para que en el siglo VII, durante la dominación goda, alrededor del Teleno se instalasen grupos eremíticos que iniciaron la construcción de templos. Las aceifas árabes hicieron huir a esas comunidades hacia el norte y ello llevó al desarrollo de la arquitectura asturiana un siglo después.

El paisaje iba cambiando a medida que nos aproximábamos a El Bierzo. Robles, encinas, endrinos y brezos eran nuestra flora compañera en esa parte de la ruta. Atrás quedaba la mirada de los girasoles de Castilla, vestidos de amarillo bajo la bóveda azul.

Yo prefería caminar por llano, aunque reconocía que cuesta abajo avanzábamos más, sin fatigarnos. Me imaginé yendo sola un día de invierno y sentí que se me encogía el alma. El lugar resultaba mucho más perturbador que las llanuras y estepas burgalesas, pero no sabría decir por qué. Seguro que era por la vegetación, capaz de ocultar varias clases de monstruos.

Conocía las historias que se cuentan de Manjarín y había visto las fotografías con simbología templaria y una manada de ocas vivas que ambientan el lugar. Por las imágenes daba la impresión de ser una ruina. En realidad estaba un poco destartalado y no recordaba nada a una encomienda del Temple. A priori no imaginábamos a los Caballeros de Hugo de Payens asentados allí, pero, una vez en el lugar, lo encontramos muy acogedor y enigmático. No hay ni agua ni luz, pero comparten con los peregrinos lo poco que tienen. Sellan las credenciales y dan alojamiento. No cobran, pero piden que se contribuya con un donativo para mantener el albergue, ya que no disponen de otras ayudas.

Al frente está Tomás, conocido como el último templario. Es cierto que el lugar es especial. Sea por la energía que fluye de la Madre Tierra, por la que emana de las personas que gestionan el lugar, por la de los romeros que allí hacen un alto, o por la suma de las tres, es una evidencia que el enclave invita a quedarse un buen rato compartiendo conversación y secretos.

El hospitalero llegó a Manjarín hace unos veinte años. Estuvo haciendo noche en el castillo templario de Ponferrada antes de la restauración, y dice que allí «recibió la llamada». No pensaba fijar su residencia en Manjarín, pero a su paso por el lugar tuvo una experiencia trascendente que fue el detonante. Cuenta que una peregrina con vestido rojo largo estaba en la explanada interpretando una danza al sol. Cuando él salió se dieron un abrazo y ella le susurró al oído que debía quedarse allí, que ese era su sitio. Él contestó que lo asumía y, entonces, de la palma de la danzante brotó una rosa. Un tiempo después llegaron unos romeros y le mostraron un cuadro con la imagen de una mujer. Era ella, la danzarina. Dicen que de vez en cuando se aparece a los caminantes. Algunos oían la historia embobados y otros acentuaban su expresión de escepticismo. En cualquier caso, Manjarín era un lugar que propiciaba desentenderse de las cuestiones materiales y penetrar en el reino insondable del espíritu, aunque solo fuese por unas horas. Algunos queríamos quedarnos a dormir, pero la mayoría no se atrevió a enfrentarse a la falta de electricidad y agua. La razón se impuso y continuamos ruta.

(De mi novela El Códice de Clara Rosemberg).

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