El Camino de Santiago en la Edad Media: así se jugaba la vida el peregrino

Peregrinos del Camino de Santiago en busca de albergue. Detalle de uno de los paneles de ‘Las Siete Obras de Misericordia’, del Maestro de Alkmaar, 1504. Heritage Art/Heritage Images vía Getty Images
Peregrinos del Camino de Santiago en busca de albergue. Detalle de uno de los paneles de ‘Las Siete Obras de Misericordia’, del Maestro de Alkmaar, 1504. Heritage Art/Heritage Images vía Getty Images

En la época medieval, hacer el Camino de Santiago era peligrosísimo. Los peregrinos estaban expuestos al frío, a las enfermedades, a los bandidos y a un sinfín de estafadores y buscavidas

Xavier Vilaltella Ortiz / La Vanguardia

No deja de aumentar el número de peregrinos que hacen el Camino de Santiago. Según el cabildo de la catedral, en 2022 fueron 438.000, una cifra histórica, la más alta registrada. Hoy en día, al atisbar el campanario de la iglesia de San Pedro de Puente la Reina, o el de la catedral de Burgos, o al llegar a esta ciudad y pasar por el Hospital del Rey, es difícil que el peregrino moderno no sienta que emula a los de antaño. Y en cierto modo, así es. Pero hay que explicar las diferencias, porque, si no, no haríamos justicia a la hazaña de los viatores medievales.

En sus tiempos ya sabemos que no había GPS, ni siquiera mapas; tampoco smartphones para traducir un idioma que no entendían, ni un 112 al que llamar en caso de emergencia. Por no haber, no había ni senderos señalizados… En todo dependían de la hospitalidad y la buena fe de los lugareños. En los hospicios de las órdenes hospitalarias, como los caballeros de Malta, la tenían garantizada, pero en otros lugares no tanto.

Muchas veces los hospederos trataban de estafarlos. Y si no eran ellos, el sinfín de buscavidas que pululaban por aquellas comarcas, a veces disfrazados de frailes, peregrinos, mendigos o incluso agentes de las hermandades (la policía local de la época).

En Las peregrinas cosas del Camino de Santiago (2010), el escritor Javier Leralta nos cuenta algunas de sus tretas. Una consistía en que dos individuos se paraban a la vera de la calzada haciendo como que se peleaban por una moneda de oro que en realidad era de plomo dorado. Sabían que, lleno como estaba el Camino de santurrones, alguno se ofrecería a zanjar la reyerta dándoles un par de monedas a cambio de la de oro.

Otra estafa común se producía en los peajes, que en la Europa feudal estaban por todas partes. Al pasar de un reino a otro, o incluso entre señoríos, había que cambiar moneda, y allí esperaba una colección de bribones para ver si engañaban a algún pardillo. Como explica Leralta, uno no podía ni comer tranquilo, pues había lugares en los que echaban alguna clase de somnífero en el plato. Cuando el viajero despertaba, no le quedaba ni la esclavina.

Luego estaban las enfermedades, el hambre y la posibilidad de equivocarse de sendero y acabar muerto por el frío en algún paso de montaña. Aun así, lo peor sin duda eran las bandas de asaltadores, gente muy violenta que violaba a las mujeres y llegaba al asesinato si le convenía.

Peligrosos eran los alrededores de León y de Roncesvalles. O las Bardenas navarras, un paraje semidesértico al sureste de la actual comunidad autónoma. Tienen en común que eran zonas despobladas, fuera del control de las hermandades. Al llegar a Villafranca Montes de Oca, por ejemplo, era habitual esperarse a ser unos cuantos antes de adentrarse en los bosques.

Por supuesto, las autoridades civiles y religiosas no se quedaron impasibles ante esto. Desde que la Ruta Jacobea se popularizó, allá por el siglo X, se habían ido dando cuenta de cuánto la necesitaban. Las monarquías, porque suponía un flujo constante de dinero, conocimiento y personas, muy necesarias para repoblar los territorios conquistados a los musulmanes. Al mismo tiempo, era un modo de cohesionar sus dominios, de darles unidad política.

En el Primer Concilio de Letrán (1123) la Iglesia había dado a los peregrinos un estatus privilegiado, condenando con la excomunión a quienes los hostigaran durante su viaje, nobles incluidos. Luego vino el Lateranense tercero, que reservó a los monarcas el derecho de establecer peajes en la ruta. A los reyes de Asturias, León y Navarra, este corpus legal les ayudó a imponerse sobre la nobleza. El Camino era como una “autopista” que daba urdimbre a sus territorios y que escapaba del control de los señoríos.

En cuanto a la Iglesia –ya lo hemos deslizado–, protegió a los romeros por el respeto que le merecían. Al vagar por los caminos como un homo viator, rezando y encomendándose al apóstol, el peregrino regalaba bienes espirituales a toda la cristiandad. Es la doctrina de la comunión de los santos: las oraciones de uno ayudan a todos.

Después de la disgregación del califato de Córdoba en reinos de taifas, que permitió avanzar hacia el sur y asegurar las áreas por las que pasaba la jacobea, a partir del siglo XI los monarcas se dispusieron a aplicar lo que habían establecido los concilios ecuménicos.

Destaca la labor de Alfonso VI (c. 1040-1109) en León, Castilla y Galicia, y la de Sancho Ramírez (c. 1043-1094) en Aragón y Pamplona (aún no se había convertido en el reino de Navarra). Hicieron puentes, caminos y hospitales, eliminaron peajes y obligaron a los hospederos a señalizar los cruces cercanos a sus establecimientos. También trataron de repoblar las comarcas de paso. Estella y Espinal (ambas en Navarra), por ejemplo, fueron fundadas con este fin, para rellenar tramos demasiado despoblados.

A pesar de todo esto, como hemos visto más arriba, en la Edad Media la ruta a Santiago nunca fue segura; de hecho, estuvo muy lejos de serlo. Y, paradójicamente, fue justamente esa su “época dorada”, cuando recibió a gentes de todo el continente.

La clave está en que esas personas no lo hacían para conocer mundo, para “vivir una experiencia”, como dicen ahora los operadores turísticos. Por hacer una analogía con la actualidad, podríamos decir que recorrer el Camino era como si hoy en día cruzáramos una zona inhóspita de Asia central sin móvil, sin dinero y sin más sustento que la buena fe de las personas. Algo así solo se hace por razones trascendentales, como las de los primeros cristianos cuando se adentraban en el desierto.

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