Un millón de pasos. Es una de esas cifras que se repiten cuando se habla de recorrer el Camino Francés desde los Pirineos hasta Santiago. Serán más o serán menos, según la longitud de nuestra zancada, pero la imagen sirve para entender algo importante: en el Camino no castigamos los pies por hacer algo extraordinario una vez, sino por repetir un gesto perfectamente normal miles y miles de veces, día tras día.
Por eso el calzado importa tanto. Y por eso tampoco tiene demasiado sentido responder a la pregunta «¿cuál es el mejor calzado para hacer el Camino de Santiago?» recomendando una bota determinada para todo el mundo.
No existe un único calzado ideal para hacer el Camino. Para muchos peregrinos, una buena zapatilla de senderismo o de trail será la opción más cómoda. Otros preferirán una bota ligera. La elección cambia con la ruta, la época del año, el terreno, el peso de la mochila y, sobre todo, con tus propios pies.
Lo importante no es encontrar el calzado que supuestamente utiliza «el peregrino», sino el que te permita levantarte por la mañana, calzarte y volver a caminar sin que tus pies se conviertan en los protagonistas de la etapa.
Respuesta rápida: con buen tiempo, mochila ligera y terrenos sencillos, una zapatilla de senderismo o trail bien probada suele ser una magnífica opción. Con frío, barro, terreno más abrupto o si te encuentras más cómodo con mayor estructura y protección, puede encajarte mejor una bota ligera. En ambos casos importan más un buen ajuste, espacio suficiente para los dedos, el talón bien sujeto y unos calcetines que gestionen la humedad que la etiqueta «bota» o «zapatilla».
Elegir el calzado para el Camino: empieza por tu Camino
Imagina dos peregrinos. Uno sale de Sarria en septiembre, lleva una mochila de seis kilos y recorrerá durante cinco jornadas una combinación de pistas, caminos, pequeños tramos de carretera y senderos sin especial dificultad técnica. El otro comienza en Oviedo en noviembre para hacer el Camino Primitivo, con más peso a la espalda y bastantes posibilidades de encontrar lluvia, barro y frío.
¿De verdad necesitan el mismo calzado?
Probablemente no. Y esa es la primera idea que conviene tener clara antes de entrar en una tienda.
El Camino de Santiago no es una ruta de alta montaña, pero tampoco es un paseo urbano de varios cientos de kilómetros. Según el itinerario elegido encontrarás pistas de tierra, sendas entre bosques, piedra, barro, adoquines y mucho más asfalto del que algunos peregrinos imaginan antes de salir. En el Camino Primitivo o determinados sectores del Camino del Norte habrá jornadas más montañeras; buena parte del Camino Francés discurre por terrenos técnicamente sencillos, aunque eso no impide encontrarse descensos pedregosos, barro o largas pistas; y en cualquier ruta una semana de lluvia puede cambiar por completo un firme que unos días antes era cómodo.
Así que, antes de preguntarte por marcas o modelos, piensa en qué Camino vas a recorrer, en qué época y con cuánto peso. Después llega todo lo demás.

¿Botas o zapatillas para hacer el Camino?
Durante muchos años la respuesta casi automática fue: botas de trekking de media caña. Era habitual justificarlo por la protección del tobillo y todavía encontrarás este consejo repetido en multitud de guías.
Hoy sería demasiado categórico afirmarlo así.
Una bota de trekking continúa siendo una magnífica compañera de Camino para muchos peregrinos. Protege frente a piedras, barro y vegetación, suele ofrecer una construcción robusta y puede resultar especialmente agradable con frío o mal tiempo. Quien está acostumbrado a caminar con botas y se siente cómodo con ellas no necesita abandonarlas porque ahora estén de moda otros tipos de calzado.
Pero una zapatilla de senderismo o de trail también puede ser perfectamente adecuada para el Camino. Pesa menos, suele ser más flexible y transpirable y muchos peregrinos agradecen esa ligereza cuando llevan seis horas caminando y todavía quedan kilómetros hasta el albergue.
También merece matices la vieja idea de que una caña más rígida equivale automáticamente a mayor seguridad. La evidencia no permite afirmar simplemente que una bota alta prevenga lesiones por sujetar más el tobillo. Una mayor rigidez modifica el movimiento y la forma en que se reparten las cargas. Una investigación publicada en Journal of Biomechanics analizó precisamente esos efectos.
Para el peregrino, la consecuencia práctica es bastante sencilla: no elijas una bota solo porque alguien te haya dicho que para hacer el Camino «hay que llevar botas».
Cuándo puede encajarte mejor una zapatilla
Si vas a caminar con temperaturas suaves o altas, llevas una mochila ligera y la mayor parte de tu recorrido transcurre por terrenos relativamente cómodos, una zapatilla de senderismo puede ser una excelente elección. También las zapatillas de trail funcionan muy bien para muchos peregrinos habituados a utilizarlas.
Ligereza y comodidad cuentan mucho más de lo que parece cuando dejan de medirse en diez pasos por una tienda y empiezan a medirse en veinte o treinta kilómetros diarios.
Cuándo puede tener más sentido una bota
Una bota ligera puede ganar argumentos cuando esperamos frío, barro, terrenos más abruptos o cuando llevamos una mochila con más peso. También puede ser la mejor opción, sencillamente, porque llevamos años caminando con botas y nuestros pies están perfectamente adaptados a ellas.
Ese último detalle es importante. El Camino no es un buen laboratorio para hacer experimentos radicales con nuestros pies. Si llevas años haciendo senderismo cómodamente con un determinado tipo de calzado, cambiarlo unas semanas antes de salir solo porque has leído que otro sistema es más moderno puede ser una pésima idea.
La lluvia cambia la elección… pero no tanto como parece
Quien prepara su primer Camino suele imaginar una escena bastante reconocible: Galicia, lluvia, camino embarrado. Y de ahí nace una conclusión aparentemente lógica: necesito calzado impermeable.
Puede que sí. Aunque no siempre.
Una membrana impermeable resulta muy útil con frío, hierba mojada, barro y jornadas de lluvia intermitente. Mantener los pies secos durante más tiempo es una ventaja evidente. El problema aparece cuando hace calor o cuando, después de horas bajo un aguacero, el agua termina entrando igualmente por el tobillo. El mismo calzado que dificulta que entre agua también suele ventilar menos y puede tardar más en secarse.
En pleno verano, muchos peregrinos preferirán una zapatilla más transpirable que evacúe bien el sudor y seque con rapidez. En un Camino otoñal, la balanza puede inclinarse hacia la impermeabilidad.
Y aquí aparece una cuestión mucho más importante que la etiqueta waterproof: la humedad dentro del calzado importa de verdad.
Tenemos incluso evidencia obtenida en el propio Camino. Una investigación realizada con 315 peregrinos atendidos en dos albergues del Camino de Santiago encontró que terminar las jornadas con los calcetines mojados estaba asociado con una mayor aparición de ampollas. El asfalto también aparecía como factor de riesgo. El estudio fue publicado en 2020 y resulta especialmente interesante porque analiza las condiciones reales de personas que estaban haciendo el Camino, no una prueba de laboratorio.
Es una buena pista para elegir calzado: no pienses únicamente en cómo impedir que el agua entre desde fuera. Piensa también en cómo vas a gestionar el sudor, la humedad y el secado durante varios días consecutivos.
Tu pie decide más que la etiqueta de la caja
Dos zapatillas técnicamente excelentes pueden producir experiencias completamente distintas en dos peregrinos. Los pies no tienen todos la misma anchura, volumen, arco ni forma de los dedos. Tampoco todas las marcas utilizan la misma horma.
Por eso recomendamos desconfiar de otro consejo muy repetido: «Para el Camino, compra una talla más».
Lo que necesitas es espacio suficiente, no necesariamente una talla más.
Después de varias horas caminando, el pie puede aumentar de volumen. En una bajada prolongada se desplaza además hacia la puntera. Si los dedos chocan una y otra vez contra ella, posiblemente acabarás acordándote de aquel momento en la tienda en que pensaste que el calzado te quedaba «justito, pero bien».
Al probarlo, los dedos deben poder moverse y el más largo no debe golpear la puntera. Al mismo tiempo, el talón tiene que permanecer razonablemente sujeto: demasiado espacio también provoca desplazamientos y roces.
Pruébate siempre ambos pies —es muy habitual que uno sea ligeramente mayor— y hazlo con unos calcetines semejantes a los que utilizarás durante el Camino. Si puedes caminar por una rampa o una superficie inclinada, mejor. Cinco minutos sentado en un banco dicen bastante poco sobre cómo se comportará ese calzado bajando hacia Zubiri, entrando en Molinaseca o después de una jornada de veinticinco kilómetros.
Suela, amortiguación y agarre: piensa en kilómetros, no en tecnicismos
No necesitas convertirte en especialista en compuestos de caucho para comprar unas zapatillas para el Camino.
Sí necesitas una suela que agarre razonablemente bien cuando aparezcan tierra suelta, piedra o humedad. También cierta protección bajo el pie, porque una sucesión de piedras que apenas molesta durante diez minutos puede hacerse bastante pesada después de horas.
La amortiguación es más personal. Algunos peregrinos se sienten cómodos con mucha; otros prefieren notar más el terreno. Aquí tampoco hay una cifra mágica.
Hay, sin embargo, un elemento del Camino que merece atención: el asfalto. Está presente en prácticamente todas las rutas y algunas jornadas acumulan bastante. El mismo estudio realizado con peregrinos que acabamos de citar encontró una asociación entre los kilómetros caminados sobre asfalto y la aparición de ampollas.
Eso no significa que necesites unas zapatillas de running de carretera. Significa algo más útil: al elegir calzado para una ruta de larga distancia no deberías pensar únicamente en el tramo más montañero que vas a encontrar. Vas a pasar muchas más horas caminando sobre firmes fáciles, pistas compactadas y asfalto.
No estrenes el calzado en Roncesvalles, Sarria o Tui
Puede parecer obvio. Cada año deja de parecérselo a unos cuantos peregrinos.
El primer día del Camino no debería ser el primer día serio de tus zapatillas o botas. Y llevarlas una semana para ir al trabajo tampoco es exactamente probarlas.
Antes de salir, haz varias caminatas con ellas. En alguna conviene acercarse a la distancia de una etapa, utilizar los calcetines que llevarás y cargar la mochila con un peso parecido al real.
No necesitas hacerlo porque unas zapatillas modernas requieran obligatoriamente un largo «periodo de doma». Lo necesitas para comprobar qué ocurre entre ese calzado y tus pies cuando pasan las horas.
Una presión pequeña sobre el quinto dedo, un talón que empieza a rozar después de dos horas o una puntera demasiado justa en las bajadas son avisos estupendos cuando todavía estás cerca de casa. En el Camino pueden convertirse en una ampolla que condicione varias etapas.
Si estás preparando tus primeras jornadas, merece la pena combinar estas pruebas con una preparación física progresiva para el Camino de Santiago.
El calcetín forma parte del ajuste del calzado
Calzado y calcetín trabajan juntos. Un calcetín demasiado grueso puede reducir el espacio dentro de la zapatilla; uno que forma arrugas, se desplaza o acumula demasiada humedad puede generar molestias aunque el calzado esté bien elegido.
Por eso conviene probar el conjunto completo que vas a utilizar en el Camino. Haz caminatas largas con esos calcetines, comprueba que los dedos conservan espacio suficiente y observa qué ocurre cuando el pie lleva varias horas dentro del calzado.
Si necesitas decidir materiales, número de pares, doble capa, cambios durante la etapa o cómo organizar el lavado y el secado durante varios días, lo desarrollamos en la guía específica de calcetines para el Camino: cuáles llevar, cuántos y cómo cuidarlos.
Cuando el pie empieza a avisar, la etapa puede esperar cinco minutos
Hay una sensación que muchos peregrinos terminan aprendiendo a reconocer: todavía no duele, pero algo empieza a quemar. Un punto caliente en el talón, bajo los metatarsos o junto a un dedo.
Ese es el momento de parar.
Quitarse la zapatilla, comprobar si el calcetín está arrugado, secar el pie, cambiarlo si está húmedo o proteger la zona lleva unos minutos. Continuar otros diez kilómetros esperando que desaparezca por arte de magia suele ser una apuesta bastante peor.
Las ampollas están entre los problemas más frecuentes de quienes caminan largas distancias y en el Camino son cualquier cosa menos anecdóticas. En el estudio realizado con 315 peregrinos citado anteriormente, un 74 % presentaba alguna lesión ampollosa después de varias etapas.
Tenemos una guía específica sobre el cuidado de los pies en el Camino de Santiago, donde explicamos con más detalle cómo prevenir problemas y qué hacer cuando aparecen.
Un segundo calzado para cuando termina la etapa
Hay un pequeño placer del Camino que rara vez aparece en las fotografías: llegar al albergue, soltar la mochila y quitarse las zapatillas.
Después de muchas horas, los pies agradecen aire y libertad. Por eso merece la pena reservar unos gramos de la mochila para un segundo calzado muy ligero.
Unas sandalias pueden servir para descansar al final de la jornada y también como recurso puntual si necesitas aliviar alguna zona castigada. Con experiencia y buen tiempo hay peregrinos que caminan tramos con ellas, aunque no recomendaríamos estrenarse como senderista de sandalias a mitad del Camino.
Para las duchas compartidas de los albergues, unas chanclas ligeras siguen siendo difíciles de superar por sencillez y peso.
Entonces, ¿qué me compro para hacer el Camino?
Si después de todo esto esperabas que termináramos recomendando una bota o una zapatilla concreta, estaríamos contradiciendo casi todo lo anterior.
Empieza por tu realidad.
Si vas a hacer el Camino en verano, con poco peso y por terrenos mayoritariamente sencillos, una zapatilla de senderismo o trail que ya hayas probado puede ser todo lo que necesitas. Si esperas frío, humedad, barro, terreno más abrupto o simplemente te encuentras mejor con mayor estructura alrededor del pie, una bota ligera puede encajarte mejor.
Después pruébatela sin prisas. Camina con ella. Haz alguna bajada. Comprueba qué sucede al cabo de varias horas. Úsala con tus calcetines. Descubre si tu pie necesita más espacio cuando se hincha.
Y, cuando encuentres un calzado con el que puedes olvidarte durante horas de que llevas algo puesto en los pies, probablemente estés mucho más cerca de la respuesta que buscando en Internet «las mejores botas para el Camino de Santiago».
FAQs — Preguntas frecuentes sobre calzado en el Camino
Si vas a hacer tu primer Camino en primavera, verano o comienzos de otoño, con una mochila ligera y por una ruta como el Camino Francés desde Sarria o el Portugués desde Tui, empezaría probando unas buenas zapatillas de senderismo o trail. Pero no las elegiría por ser «las recomendadas para el Camino»: las elegiría porque después de varias caminatas largas tus pies siguen cómodos, los dedos tienen espacio y no aparecen roces. Si ya caminas habitualmente con botas y te funcionan, tampoco hay motivo para cambiarlas.¿Qué calzado elegiría para mi primer Camino?
Sí, aunque no necesitas un calzado distinto para cada ruta. No plantea las mismas exigencias hacer el Camino Primitivo con tiempo inestable que recorrer los últimos 100 kilómetros del Camino Francés en verano. Terreno, desnivel, barro, temperatura y lluvia pueden hacer que valores más la protección o, por el contrario, la ligereza y transpirabilidad. Aun así, un calzado conocido y cómodo suele ser preferible a otro teóricamente perfecto para esa ruta que acabas de estrenar.¿Cambia el calzado según el Camino elegido?
Con calor, la transpirabilidad adquiere mucha importancia. Una zapatilla ligera de senderismo o trail puede resultar más agradable que una bota impermeable y poco ventilada, especialmente en jornadas largas y con bastante asfalto. Pero verano no significa siempre terreno seco: Galicia, Asturias o el norte de Portugal pueden regalarte varios días de lluvia en agosto. Más que intentar acertar con el tiempo, busca un calzado que gestione bien la humedad y que pueda secarse razonablemente rápido.¿Y si hago el Camino en pleno verano?
En invierno pesan más factores que en verano pueden ser secundarios: frío, lluvia persistente, barro y la posibilidad de encontrar nieve o hielo en determinadas rutas y etapas. Un calzado más protector e impermeable puede tener entonces bastante sentido. Pero también debes estudiar el itinerario: algunos tramos de montaña presentan condiciones invernales serias y pueden requerir equipamiento específico o incluso utilizar una variante alternativa. El calzado adecuado no convierte en seguro un tramo que no lo es.¿Qué cambia si hago el Camino en invierno?
Con unas zapatillas convencionales de asfalto se puede caminar, pero no serían nuestra primera elección para un Camino completo. Una zapatilla de trail suele adaptarse mejor porque incorpora una suela pensada para tierra, piedra y superficies irregulares. Aun así, hay peregrinos experimentados que recorren el Camino con calzado muy ligero. Si estás preparando tu primera peregrinación, priorizaría agarre, comodidad y estabilidad antes que ahorrar unos gramos.¿Puedo hacer el Camino con zapatillas de running?
Más que contar kilómetros, interesa reproducir lo que vas a pedirle en el Camino. Haz varias caminatas y procura que al menos una sea suficientemente larga para descubrir qué ocurre cuando el pie lleva horas dentro del calzado. Utiliza los mismos calcetines y, si es posible, la mochila con un peso parecido al previsto. Una zapatilla puede parecer perfecta durante ocho kilómetros y empezar a rozar en el kilómetro quince. Eso es precisamente lo que interesa descubrir antes de llegar al Camino.¿Cuánto debo probar el calzado antes de salir?
No esperes varios días confiando en que el pie «se acostumbrará». Primero comprueba que el problema no procede de un calcetín demasiado grueso, una plantilla añadida o un ajuste excesivo de los cordones. Si los dedos golpean repetidamente la puntera, especialmente en las bajadas, o aparecen presiones persistentes, el problema puede ser realmente de talla o de horma. Aguantar cientos de kilómetros con un calzado claramente pequeño rara vez termina arreglando la situación.¿Qué hago si noto el calzado pequeño caminando?
El pie debe quedar sujeto, pero no comprimido. Si notas adormecimiento, presión sobre el empeine o molestias que desaparecen al aflojar los cordones, probablemente estás apretando demasiado. Tampoco interesa el extremo contrario: un pie que se desplaza dentro de la zapatilla genera fricción y golpea la puntera en las bajadas. Durante una etapa puede ser necesario reajustar el cordaje porque el volumen del pie cambia con las horas y el calor.¿Cómo sé si llevo los cordones demasiado apretados?
Para. No dentro de diez kilómetros ni al llegar al albergue: cuando lo notes. Ese pequeño escozor suele ser el aviso de que una zona está soportando fricción. Quítate el calzado, comprueba el calcetín, seca el pie si está húmedo y protege la zona antes de continuar. Una de las habilidades que se aprenden haciendo el Camino es escuchar esos avisos pequeños. Cinco minutos perdidos bajo un árbol pueden evitar una ampolla que te acompañe durante varias etapas.¿Qué hago al notar un punto caliente?
Para la mayoría de los peregrinos no compensa cargar cientos de kilómetros con dos pares completos de calzado de marcha. Es preferible llevar uno que conozcas bien y reservar el segundo calzado para descansar, ducharte o moverte al terminar la etapa. Otra cosa es que tengas un problema específico en los pies o sepas por experiencia que necesitas alternar. En la mochila del peregrino, todo objeto debería justificar los gramos que vas a transportar cada día.¿Debo llevar dos pares para caminar?
Más que obsesionarte con mantener el calzado completamente seco —algo difícil después de horas de lluvia—, intenta mantener los pies en las mejores condiciones posibles. Aprovecha las paradas para cambiar calcetines húmedos y, al llegar al albergue, retira las plantillas y abre bien el calzado para favorecer el secado. Evita acercarlo demasiado a estufas o radiadores. Y si al día siguiente continúa húmedo, unos calcetines secos al comenzar la jornada serán especialmente importantes.¿Qué hago si llueve varios días seguidos?
Que unas botas sean tus compañeras de confianza no significa que duren eternamente. Antes del Camino revisa el desgaste de la suela, posibles despegues, costuras, zonas de flexión y el estado general de la amortiguación. El problema no suele ser que tengan muchos kilómetros, sino que hayan perdido las cualidades por las que resultaban cómodas y seguras. Estrenar calzado el día de salida es mala idea; comenzar con unas botas al borde de romperse tampoco es mucho mejor.¿Cuándo debería sustituir unas botas antiguas?
Sigue preparando tu Camino:
Última actualización: 12 de octubre de 2026

