Cientos de peregrinos desbordan los albergues del Camino del Norte

Santillana, Cantabria, Camino del Norte :: Albergues del Camino de Santiago
Santillana, Cantabria, Camino del Norte

Beverly Wilcox viene de Gales. Atraviesa la pequeña puerta de un sendero angosto con su último aliento junto a una amiga antes de entrar a ‘La Cabaña del Abuelo Peuto’ en Güemes. Las recibe un pequeño cartel sobre un poste que dice que para terminar el Camino de Santiago les hacen falta 639 kilómetros. Aún no saben hasta dónde llegarán. Llevan caminando desde las ocho de la mañana y son casi las doce. «Necesitamos parar». Sus rostros sudados y un poco quemados por el sol develan el cansancio y las ganas de llegar a un lugar seguro. Podría parecer temprano pero detrás de ellas empiezan a asomarse también muchos otros peregrinos. Es la hora ideal para no quedarse sin plaza. De seguir caminando, es probable que alguno de los cientos de personas que marchan ocupe su lugar. Y es que –todos coinciden– hay una auténtica avalancha de peregrinos atraídos por un Camino que en julio del año pasado fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El albergue que dirige el padre Ernesto Bustio, y en Santa Cruz de Bezana el que atiende Nieves, ‘La Santa Cruz‘, ahora en verano no tienen espacio para acoger a nadie más –en Bezana existe otro llamado Nimon pero ahora se alquila en una página de internet por vacaciones– y aún así, ‘el espíritu del camino’, ese que les permite conectarse con el peregrino y entenderlo en su andar, no les deja abandonar a nadie a su suerte. «Tengo 14 plazas, pero ahora se quedan diariamente hasta 24 personas. ¿Cómo los voy a dejar tirados a los mayores o a los chiquillos? Por la noche hay heladas, es mejor que duerman como puedan, pero dentro», menciona Nieves.

Lo mismo refiere el padre Ernesto, que en esta época recibe hasta 130 personas por noche cuando su albergue tiene capacidad para 80. Si no entran en las habitaciones, les da un colchón en el salón: «No podemos dejar a nadie en la calle». Todo para que la gente que llega no tenga que caminar más. Se queja de que las autoridades, e incluso la propia iglesia, «no entienden la vida del peregrino de a pie y por ello no se implican como es debido». «No solo es la señalización ni el turismo de lo que el Gobierno debe estar muy pendiente. Se deberían habilitar los polideportivos, las escuelas y las iglesias para estas fechas», añade Bustio mientras recuerda que antes de acostarse, los peregrinos pueden acudir a meditar en la ermita del lugar, un espacio que, afirma, «todo caminante debe conocer».

Para Piedad Coz, dueña del albergue que lleva su nombre en Boo de Piélagos, la idea de recibir peregrinos le ha permitido conocer más sobre sí misma. Trabajó antes en hostelería y de aquellos años toma ciertos trucos para acoger a los caminantes. La amabilidad, el entendimiento, la compañía… «No recibo a turistas porque el peregrino no lo es. Los que se quedan son gente que viene buscando un espacio de soledad, de meditación».

A pocos pasos está sentada Marga Arija, una enfermera jubilada de San Sebastián que, con 66 años, recorre por tercera vez uno de los caminos, el del Norte. «Hacer esto es como una filosofía de vida, algo que me desafía». Avanzará tan solo hasta San Vicente de la Barquera, pero agradece en ese instante haber encontrado aquel albergue que «está limpio y tiene un servicio personalizado». Dice que el resto, en los que se ha quedado antes, «o están muy llenos o el servicio es malo».

Es mediodía y donde Piedad aún no llegan todos los peregrinos. Ha tenido días en los que sus plazas se desbordan; entonces, les ofrece a los viandantes tiendas de campaña en su jardín. Y cuando ni esas llegan, habla con ‘Don Javier’, el párroco de la iglesia, que «normalmente les deja dormir en el centro parroquial». A la mañana siguiente van donde Piedad a ducharse y a desayunar.

Y es que los dos albergues, el de Güemes y el de Piélagos, son los únicos en sus respectivos pueblos que pueden acoger a los peregrinos y no dan abasto para las centenas de caminantes que buscan estancia cada noche en este verano. Este año ‘La Cabaña del abuelo Peuto’ contabiliza hasta la fecha más de 7.000 personas. Al término de 2015 pasaron por allí 8.000. En el de Piélagos se quedaron 2.800 el año pasado, este ya han pasado las 2.300. El título de Patrimonio de la Humanidad del Camino del Norte, además de atraer peregrinos deja en evidencia, según Bustio, «el poco interés de las autoridades por poner a disposición más plazas para dormir».

Para Miguel Cuevas, del albergue de Meruelo, la idea de «abrir polideportivos o sitios parecidos hacen un poco cutre el Camino de Santiago». Defiende que «la Administración debe meterse solo en la normativa y en la difusión», que es como los apoyan hasta ahora. «Que si son de donativo o privados y regularlos, nada más». Si bien es cierto que a algunos peregrinos les puede venir bien la idea de Bustio, Cuevas dice que «la gente mayor no puede quedarse, por ejemplo, en tiendas de campaña», que es lo que le tocaría a los viandantes si se abrieran los espacios antes mencionados. Para Miguel, que ha recibido un 15% más de caminantes en su albergue privado en lo que va del año respecto a 2015 (también recibe turistas), dice que aunque no percibe subvención alguna del ayuntamiento, con que «no pongan trabas»ya ayuda bastante.

En Castro Urdiales, Sidia Onteh, el encargado del albergue municipal, dice que cuando ya no le quedan plazas disponibles, de las 16 con las que cuenta, envía a los peregrinos al albergue de Islares en el autobús que por allí pasa. «A veces, les dejamos colchones en el salón y el comedor, y entonces tenemos 20 personas por noche». Esto solo sucede si los peregrinos llegan tarde o están muy cansados, de lo contrario les dan las indicaciones de cómo llegar a otros albergues cercanos. En la Casa de la Trinidad, en Laredo, las hermanas que lo tienen a cargo y que acogen turistas además de peregrinos, explican que si sus plazas se llenan, intentan dejarles a los últimos una cama que no se ocupe de las reservas. Si continúan sin tener espacio y a los que quieran quedarse, les ofrecen un colchón en el suelo del salón. Las hermanas afirman que «realmente llega mucha más gente desde que el Camino es Patrimonio de la Humanidad».

Como en un concurso

Carmen Simón piensa que ha caminado poco para lo que hace normalmente. A sus 64 años viene desde Barcelona con un par de amigos a recorrer por primera vez el Camino del Norte; el Francés lo hizo ya hace dos años. Aunque sabía lo del patrimonio no es esa la razón por la que ha llegado hasta Cantabria. «Quería respirar el aire del norte y ver el paisaje». Es algo más de la una y decide quedarse en Güemes. Moverse sería perder la cama.

Venía recomendada porque le dijeron que no había mucha gente en el Camino, pero este año, según Simón, «la situación es caótica. Te sientes como en un concurso de televisión, un verdadero correcorre para pillar cama. Así que no disfrutas de la vista por ir rápido al próximo albergue. La catalana confiesa que son los vecinos de los pueblos y los encargados de los albergues quienes cuentan que «se está masificando con tanta gente y no están preparados para tantísimo peregrino».

El Camino del Norte pasa por una treintena de Ayuntamientos, desde Castro Urdiales hasta Val de San Vicente, y también corta la comunidad de norte a sur, integrando el Camino Lebaniego. Cada uno cuenta con albergues municipales y privados que acogen a los peregrinos, pero en verano, en algunos pueblos, nada alcanza. Para Pablo Zuloaga (PSOE), alcalde de Santa Cruz de Bezana, «los dos albergues que existen en el pueblo son suficientes». Eso a pesar de que él cree que los turistas han aumentado (aún no maneja cifras). Menciona que como son albergues privados con iniciativas propias, ellos allí no intervienen. «El ayuntamiento trabaja en el camino complementando la señalización y mejorando sus tramos». Pero para Bustio, las autoridades ni siquiera están cumpliendo con aquella tarea primordial con los peregrinos: un lugar para dormir. «A veces están cubiertas todas las plazas, incluso las de los hoteles. Hay que potenciar los albergues, pero no lo están haciendo».

Y él tiene claro que esto no solo pasa en Güemes. «Hace días llamó por la noche un matrimonio francés de aproximadamente unos 60 años desde Laredo porque los albergues y hoteles allí estaban llenos. Les dije que tenía un colchón en el salón. Tomaron un taxi y vinieron aquí. Dieron mil veces las gracias. Volvieron en taxi al día siguiente a Laredo para seguir el camino». La situación, define el Padre Ernesto, es «una vergüenza para Cantabria».

Según la Unesco, el Camino del Norte, es un bien cultural declarado como Patrimonio de la Humanidad porque posee una riqueza arquitectónica de gran importancia histórica, compuesta por edificios destinados a satisfacer las necesidades materiales y espirituales de los peregrinos: puentes, albergues, hospitales, iglesias y catedrales.

En él se pueden recorrer las rutas primigenias de peregrinación a Santiago de Compostela, creadas después de que en el siglo IX se descubriera en el territorio de esta localidad un sepulcro que, según se cree, encierra los restos mortales del apóstol Santiago el Mayor. Estas características sumadas a la oportunidad de aprovechar la ruta para «desafiarse a uno mismo» o «empezar de cero» convierten al Camino del Norte en una expedición inexcusable en cualquier día del año.

En esa situación camina Juan Salas, un madrileño que estuvo hace 15 años por estas tierras en bicicleta, pero que volvió a ellas «en busca de la paz que necesita para empezar otra vez». Acaba de dejar el trabajo y también –bromea– a la novia. Necesitaba alejarse y reflexionar. Dice que los albergues no le gustan porque ha tenido malas experiencias. No habla por Cantabria. Detrás de Juan aceleran el paso otros cientos de peregrinos. Quieren contar con una plaza para retomar fuerzas, desayunar y continuar en el Camino.

Leído en El Diario Montañés

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