Un coleccionista en el Camino de Santiago

El catalán José Mir ha decorado su albergue de Espinosa del Camino (Burgos) con objetos tan variados como soldaditos de plomo, relojes, bastones, dedales, cruces, pebeteros, espadas, cascos, pistolas, cromos o abanicos

Antes de emprender el duro ascenso a los Montes de Oca (Burgos), el peregrino atraviesa la pequeña localidad de Espinosa del Camino. Junto a la ruta, se observa una casona de piedra convertida en el albergue La Campana, totalmente impregnado de la personalidad de su fundador y propietario, José Mir, un hombre de poblada barba blanca y con un fuerte acento catalán que delata sus orígenes barceloneses.

El catalán José Mir, hospitalero del albergue 'La Campana' en la provincia de Burgos
El catalán José Mir, hospitalero del albergue 'La Campana' en la provincia de Burgos

Nada más entrar en el inmueble, el visitante se encuentra con una pequeña sala repleta de objetos de lo más pintorescos. “Algunos peregrinos lo llaman el pequeño museo”, bromea su dueño, quien explica que durante toda su vida ha sido un gran coleccionista y cuando rehabilitó la casa realizó varios espacios “a medida” para colocar sus ‘tesoros’.

Entre otros, pueden verse 400 soldaditos de plomo, 75 relojes y diversas colecciones de bastones, dedales, cruces, pebeteros, reproducciones de espadas famosas, cascos, pistolas, figuras de templarios, sillas pequeñas, cromos, escudos militares, abanicos… gran parte en la sala y el resto repartidos por todo el albergue.

A sus 67 años, Mir atesora una intensa vida. “Fui dos años ‘paraca’ en Canarias, también estuve trabajando de guardia de seguridad en la central nuclear de Ascó (Tarragona) y fui cocinero, aunque mi verdadero oficio es ebanista”, explica. Su vida dio un cambio radical en el año 2000. “Tenía pareja y surgieron unas pequeñas dificultades, y pensé en hacer el Camino de Santiago para ver si se arreglaban; antes de emprender la ruta ya se había solucionado todo, pero decidí seguir adelante para dar las gracias”, recuerda.

En aquella ocasión, Mir realizó el tramo entre Sarria (Lugo) y Santiago, que le supo “a poco”, así que decidió hacer el Camino Francés entero. “Pensé que de golpe no podía por dinero y por tiempo, así que lo hice por tramos” entre los años 2001 y 2003. En 2004 inició el Camino Aragonés, pero se hizo daño al pisar una piedra y tuvo que regresar a Barcelona. “Pensé completarlo en 2005 pero nada más volver a casa empecé a darle vueltas a la idea de venirme a vivir aquí”, relata el catalán, quien en pocos meses encontró una vieja casa en Espinosa del Camino que ha ido reformando con sus propias manos y que desde hace cinco años funciona como albergue.

“Estoy muy contento de haber dejado Barcelona, sólo con leer las dedicatorias que los peregrinos me dejan en el libro ya es suficiente para mí, me llena”, asegura Mir, quien ha hecho importantes renuncias para cumplir su sueño. “Por venir aquí perdí a mi pareja, pero algo me decía que tenía que hacerlo”, explica.

Recuerdos entrañables

El albergue La Campana sólo cuenta con diez plazas y Mir aprovecha las noches para cocinar para los peregrinos y hablar con ellos. “Lo más bonito es cenar todos aquí, en ese momento somos todos iguales, al margen de la profesión de cada uno”, afirma, mientras empieza a desgranar algunas historias que le han dejado huella, como la de una chica de Barcelona y un chico de Italia que se conocieron en su albergue y que dos años después le mandaron una carta anunciándole que habían tenido una niña y que querían casarse en Espinosa.

También recuerda a un italiano que estuvo allí durmiendo y tiempo después volvió con su mujer y cargado con 20 kilos de arroz desde Italia en agradecimiento. Y, con una gran sonrisa, relata el reencuentro varias décadas después con el teniente coronel bajo cuyas órdenes fue paracaidista en Canarias y que se presentó un día como peregrino.

El hospitalero resalta lo mucho que aporta el Camino al que lo realiza. “Yo he llegado tres veces a Santiago de Compostela y cada vez fue una emoción grandiosa”, asegura, aunque se lamenta de que “se está perdiendo el sentido de la peregrinación y el Camino se está convirtiendo en una ruta turística” “No es andar por andar, hay que vivirlo, sentirlo y andarlo”, señala, explicando que en su albergue no admite lo que él denomina “falsos peregrinos”, que “contratan el transporte de las mochilas o que llevan coche de apoyo”, ni a los ciclistas porque “vienen a hacer deporte y eso no es el Camino”.

Fuente: nortecastilla.es

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