El Camino echa a andar

Con un 40% de albergues abiertos, los peregrinos comienzan a seguir las flechas amarillas en busca de naturaleza, paz y reflexión. Hay optimismo para este Año Jacobeo

Mari Carmen Postigo y Pedro Serrano son madre e hijo. Él tiene 39 años y vive en Mallorca; ella, en una edad estupendísima, en Elda. Hacía un año que no se veían y el domingo, en Oviedo, echaron a andar juntos rumbo a Santiago de Compostela por el Camino Primitivo. Él ya tiene experiencia, ella se estrena. «Tenía muchas ganas, venía un poco ‘asustaílla’, a ver si soy capaz, y estoy alucinada, los paisajes son preciosos, todo tan verde, tan bonito». Lo dice Carmen, con dos etapas a la espalda, desde el albergue de Bodenaya, en el concejo de Salas, que regenta el madrileño David Carricondo.

El lunes Pedro y Mari Carmen compartieron cena, habitación, muchas risas y una tarta de cumpleaños con Javi Miranda, que sopló velas; Quico Gómez y José Antonio Luque, primos y cuñado y residentes en Cataluña. En esa misma mesa, Ignasi Meyer, de Barcelona, con casi una decena de Caminos Primitivos en la mochila, y Celia Gobea, barcelonesa, pareja de David y hospitalera de La Espina. Ellos son algunos de los caminantes que han comenzado a darle vida a la Ruta Jacobea, que se lanzaron a seguir flechas amarillas nada más que el fin del estado de alarma se lo permitió.

Tenían en mente los hospitaleros que mayo iba a ser un mes casi perdido, que pocos iban a ser los valientes, y se han sorprendido del buen ánimo con que han empezado a aparecer los peregrinos. «El Camino no es solo andar, es humanidad, es naturaleza, es compartir, es respetarse, es ayudarse, es tener tiempo para ti, volver a la esencia, a lo sencillo, a vivir solo con lo justo y sin que un reloj te marque lo que tienes que hacer, y por todo eso creo que la gente necesita volver a caminar», asegura David Carricondo, que regenta uno de esos albergues sin tarifa establecida, que cobran la voluntad, a cambio de lavar la ropa, curar las ampollas, ofrecer la cena elaborada entre todos y el desayuno, porque los peregrinos que comparten dormitorio han de ponerse de acuerdo sobre la hora en que deben levantarse. David resume con una frase la sensación que él tiene de lo que está pasando en el Primitivo desde el pasado 9 de mayo: «Ha sido como cuando abren los corrales en San Fermines», dice entre veras y bromas este apasionado de la Camino que dejó un trabajo de quince años en Madrid para hacerse hospitalero.

A caminar. Javi, José Antonio y Quico, tres peregrinos de Barcelona, salen del albergue de buena mañana para echar a andar.

Posiblemente la metáfora peque de exagerada. Pero Javi, Quico y José Antonio parecen constatar con hechos sus palabras: «Mi primo y yo habíamos hecho el Camino en 2018 y 2019 y queríamos hacerlo en 2020, pero en abril estábamos en pleno confinamiento y luego yo ya no tenía vacaciones, en octubre volvieron los cierres, y este año, previendo que Pedro [Sánchez] no iba a prolongar el estado de alarma, nos dimos dos semanas de margen para empezar para que hubiera albergues abiertos». Y el lunes echaron a andar, en Grado. Se han comido una etapa, la de Oviedo a Grado, aunque ellos sostienen con firmeza que ya la caminaron antes, luego hecha está. La razón es que una de las tres patas del trío, José Antonio, que se estrena -«de momento se puede aguantar bien»-, abandonará en Lugo por motivos laborales y los otros dos no solo pisarán las históricas piedras de Santiago, sino que planean llegar a Finisterre.

Encantados de la vida. Felices. Como Ignasi Meyer, 65 años, habitual inquilino de Bodenaya, que suele caminar en invierno y busca paz: «Lo hago como una terapia, como meditación». Por eso que haya menos gente no es un problema para él, porque sabe además que el Primitivo es el más solitario de los Caminos. «Yo tengo un amigo que me dijo que este es el mejor y yo los demás no los hago», concluye.

Cena en Bodenaya. Javi, a la izquierda en primer término, José Antonio y Quico, detrás, que caminan juntos. A la derecha, Ignasi y, al fondo, Pedro, Mari  Carmen, Celia y David.

Cuando este reportaje vea la luz, si todo va bien, todos ellos habrán atravesado ya la frontera con Galicia y se habrán encontrado con que en Asturias están en funcionamiento aproximadamente un 40% de los albergues. La mayoría de los públicos están cerrados; el 80% de los privados, abiertos. Eso al menos sostiene Laureano García Díaz, presidente de la Agrupación de Asociaciones de Caminos del Norte, que poco antes de entablar charla con la periodista acaba de ver tres caminantes y un peregrino en bicicleta. Y eso a él le da una alegría inmensa. «Está empezando a moverse un poquitín, sí. Yo desde luego no contaba con que hubiera peregrinos hasta junio y con que no empezara a despegar hasta finales de ese mes, pero estamos ilusionados. Está claro que el tema de la vacuna da seguridad», afirma este hombre que sabe que en abril, ya con el final del estado de alarma en ciernes, empezaron a multiplicarse las llamadas y las solicitudes de información.

Domingo Ugarte, hospitalero de San Juan de Villapañada, en Grado, y uno de los veteranos en el noble oficio de dar acogida, no ha abierto todavía. Es el suyo un albergue público y está a la espera de que el Ayuntamiento ordene. No tiene prisa, cree que es mejor ser prudentes, pero también advierte el constante incremento de llamadas. Posiblemente sin alcanzar los niveles previos a la pandemia, el verano no parece pintar mal. Hay muchas reservas ya para los meses más fuertes, es decir julio, agosto y también septiembre.

Pero Andrew Colley y Graziella Gonçalves, inglés e italiana, pareja que el miércoles pasó la noche en el albergue de Oviedo, no podían esperar a esos meses fuertes. Porque además, para ellos, que haya pocos caminantes es un aliciente más. «Hay muchos albergues cerrados y eso hace el Camino más difícil, pero también lo hace más social, los peregrinos se ayudan más, y hay espacio para un viaje más espiritual», afirma ella, en un correctísimo castellano. Él, que hace uso del inglés, lo ve así: «Llevamos un año confinados y esta es una oportunidad para volver a empezar y vivir una experiencia espiritual no necesariamente religiosa».

Gloria Fernández González, hospitalera de Cornellana desde 2012, lo tiene claro: «Yo creo que este año va a estar más animado». Su albergue es municipal, pero lo regenta la Asociación de Amigos de Salas y el concejal de Turismo les dio el visto bueno para abrir puertas. «No contaba con abrir hasta el sábado de la semana pasada, pero el miércoles ya llamaron y me da pena decir que no a los peregrinos, porque hay mucha gente que busca el albergue clásico de toda la vida y no todos tienen mucho dinero y debe haber oportunidades para todos».

Ni qué decir tiene que a mitad de aforo y con todas las medidas de seguridad, más con el plus de una buena ventilación cruzada, un patio central bien grande y techos altísimos. «Yo del miércoles al domingo tuve 15 personas, no es mucho, pero no está mal». Ella se erige en la reina de la estadística para mostrar cómo la pandemia ha tocado el Camino: «Yo el año pasado, en dos meses y medio que abrimos, recibí 400 personas; en un año normal, 2.300».

Constatan en Cornellana y en otros puntos de paso de la ruta que hay mucho extranjero: checos, portugueses, alemanes, franceses, holandeses, bastantes italianos… Y hay quien apunta incluso que los hubo caminando y buscando donde alojarse antes de que decayera el estado de alarma.

«La mayoría de los que han venido por aquí son extranjeros y pensábamos que no iban a venir», relata Natalia Maillo, desde el albergue de Soto de Luiña, en Cudillero, de propiedad municipal pero regentado por la Fundación Honesto Sebastián Gutiérrez. «No es que haya mucha gente, pero tampoco esperábamos tanto», explica, y añade que las llamadas y los correos no se detienen. Pero ellos no reservan nada más que con un par de días de antelación. «Ya en abril empezaron a llamar», concluye esta mujer que detecta en los peregrinos ansias por estar al aire libre, por librarse de las cuatro paredes. Advierte incluso que personas que en un principio no se habrían planteado el Camino ahora ven en él esa forma diferente de viajar, compartiendo albergue, sí, pero también gozando de la soledad de los pasos.

Soto de Luiña es punto de paso del Camino de la Costa, como Gijón, en cuyo albergue municipal -en el cámping de Deva- hasta el martes solo habían pasado tres peregrinos y, como Llanes, donde Reyes Atucha, al frente del albergue privado El Triskel, confirma lo apuntado. «Esta semana todos los días, uno o dos peregrinos, salvo un día que no hubo nadie, yo creo que se va a ir animando, ya tengo reservas para julio, pero supongo que este año será un poco como el pasado».

En Oviedo, el punto de partida del Primitivo, la primera de todas las rutas rumbo a Compostela, el albergue del Salvador abrió el día 12. «La gente tiene muchas ganas de caminar», confirma Pablo Sánchez, tesorero de la Asociación Asturleonesa del Camino de Santiago, que augura que este año va a ser mejor que el anterior. Es Año Jacobeo y lo será también el 2022, así que tiempo hay para resarcirse de la pandemia. Uno, tres, cuatro peregrinos al día están recibiendo en un espacio con 65 plazas con el aforo reducido.

Hay optimismo. Hay prudencia. Hay ganas de disfrutar del aire puro. De caminar, de compartir aunque sea con mascarilla, distancia y gel. «Yo creo que el Camino es algo que debería hacer todo el mundo, te vas por ahí y te llevas todo lo que necesitas en una mochila», concluye Javier, con la sabiduría de un barcelonés con los 53 años cumplidos en un albergue del concejo de Salas con un primo, un cuñado, una madre y su hijo, un hospitalero que se afanó en ir a comprarle tarta para darle una sorpresa y otra hospitalera, Celia Gobea, que un día dejó Barcelona para venirse a Asturias y que, con ocho Caminos en los zapatos, tampoco puede vivir sin pisar con garbo y avanzar hacia la ciudad del apóstol: «Yo siempre le digo a la gente: ‘Lo tienes que probar’. Creo que el Camino te hace clic en la mente, te aclara las ideas».

Leído en El Comercio

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